El Sacromonte

BREVE HISTORIA DEL PUEBLO GITANO Y EL BARRIO DEL SACROMONTE

Parece ser que también hubo mucho de simpatía abierta entre los sefardíes –judíos hispanos– y los gitanos en su encuentro en la España medieval, pese a que los segundos eran cristianos desde antiguo. Los romaníes abrazaron el Cristianismo a principios de la Era Cristiana. Su conversión no fue ningún obstáculo para que adaptaran muchas de sus tradiciones culturales, de origen semita, a las nuevas leyes cristianas. Ese trasfondo semítico explica por qué los sefardíes y gitanos confraternizaron pronto, pero sobre todo la situación de marginación social, o de “ciudadanos de segunda” –sin plenitud de derechos civiles– era una característica compartida por ambos grupos, judíos y gitanos, que contribuyó a estrechar y afianzar sus vínculos; los judíos eran infieles, los segundos forasteros. En tales condiciones difícilmente podían hallar un hueco propio en la sociedad cerrada medieval.

Otro grupo social de la Granada renacentista con que entablaron los gitanos fuertes lazos de amistad –y con el tiempo de sangre– fue el morisco. Aparte de las similitudes evidentes –raíz semita y categoría social marginal–, lo que facilitó el entendimiento fue la común conciencia de ser distintos, “algo aparte” dentro de la sociedad. Pese a su fe cristiana, ni gitanos ni moriscos (en el segundo caso, fe forzada) se sentían identificados con los soberbios descendientes de la “estirpe gótica”, los castellanos, ni con la cultura de la clase dominante. Los gitanos no podían cultivar o poseer tierras, privilegios reservados a los señores castellanos, ni podían servir de financieros, algo propio de judíos. Al menos pudieron ejercer trabajos paralelos, que pese a su carácter extraordinario eran de una gran importancia para la economía del reino: podían comerciar, eran buenos artesanos y ya entonces eran famosos por su carácter festivo y alegre. Sin embargo, la expulsión de los judíos (1492) y la represión antimorisca –medidas autoritarias dirigidas a instaurar una sola forma de vida en España–pusieron a los gitanos en una situación difícil. La primitiva tolerancia dio paso, apenas acabado el siglo XV, a un período de fanatismo, que no aceptaba a aquéllos que hablasen o se comportaran de manera distinta a la considerada canónica. A priori, la forma de vida alternativa, nómada y oportunista de los gitanos parecía anárquica a los gobernantes, puesto que no servían como vasallos a ningún señor, y obedecían sus propias leyes gitanas antes que cualquier otra. Ante los ojos de los siervos, el modus vivendi de los gitanos –independiente y libre– parecía una tentadora vía de escape a su penosa situación social. Los señores no podían permitirse perder mano de obra, y reintrodujeron por la fuerza, a todo elemento transgresor del orden feudal dentro de ese orden. Entre estos transgresores destacaban los gitanos.

A raíz de esto, diversas leyes, como la Pragmática de Medina del Campo del año 1499, firmada por los Reyes Católicos, dictaron medidas represivas contra los gitanos. Se les prohibía, entre otras cosas, continuar con su nomadismo tradicional, lo que les obligaba a establecerse en un lugar fijo, y trabajar en lo que supiesen o pudiesen,  algo que en aquella época era lo mismo que convertirse en servidores de algún señor terrateniente. Los que se negaban sufrían cárcel, expulsión o muerte. Pero, pasadas algunas centurias, en el siglo XIX, con la entrada de las ideas ilustradas en España, los gitanos consiguieron mejorar ligeramente su situación social. En esta época surgiría la primera memoria colectiva del pueblo gitano. En Andalucía y Extremadura fueron muy apreciados como comerciantes de ganado de labor, necesario para la agricultura (si bien los “señoritos” los seguían mirando con desprecio); destacaron también como herreros y forjadores, profesiones que aún ejercen con maestría hoy en día, y que, por su naturaleza y carácter, les permitían vivir “a su aire”, de manera más o menos autónoma.

Cuando parecía que por fin los gitanos gozaban de un hueco legal en la sociedad, la industrialización de principios del siglo XX los acabó marginando una vez más. Incapaces –bien por no poder, bien por no querer– de seguir el ritmo frenético del progreso, muchos tuvieron que elegir entre abandonar sus hábitos ancestrales o adaptarse a un nuevo mundo… La marginación social ha conllevado las lacras del chabolismo, el paro, la droga y la miseria. Pero unos pocos han conseguido abrirse paso, con esfuerzo, en pro de su integración, estudiando o abriendo pequeños negocios, convirtiéndose en familias gitanas acomodadas que conviven sin problema con los payos. Otros, en cambio, siguen en los márgenes de la subsistencia. Son dos caras de una dura realidad. Dentro de su misma sociedad la división entre gitano rico y pobre trae muchas tensiones; algunos consideran mejor aceptar la pobreza a cambio de su libertad, presentándose a sí mismos como los “verdaderos” gitanos (pues se han negado a pasar por el aro de los payos). Granada, como tantas y tantas otras ciudades españolas, es un buen ejemplo de tal dicotomía.

Breve descripción de la vida en cueva

Las cuevas son las viviendas habituales del Sacromonte, su origen no está muy claro, debiéndose construirse a partir del Siglo XVI cuando la población musulmana, judía fue expulsada de sus viviendas, a éstos se les unieron los gitanos de costumbres nómadas. Así las cuevas surgen para los marginados, extramuros de la ciudad, por lo que implicaba estar fuera del control administrativo y orden eclesiástico. Para picar una cueva, en primer lugar se realiza un desmonte de la cara del cerro donde queremos excavar, apareciendo un corte vertical que nos servirá de fachada. A continuación en el centro se abre un arco de medio punto, que servirá de puerta y posteriormente se excavaron las habitaciones que se necesiten y el terreno permita. Las formas y límites de esta original vivienda las marcan el terreno, la altitud y la extensión de los cerros. De forma que no encontraremos dos cuevas iguales. Estos elementos junto con las veredas, barrancos, plazas, fachadas e interiores blanqueados con cal, configuran un paisaje singular, que unido a las costumbres y oficios de sus habitantes, dan carácter a esta singular forma de vida.

Otra característica fundamental de este barrio son sus leyendas que corren por todos sus rincones, una de las más bonitas es la del Barranco de los Negros.

La leyenda del Barranco de los Negros

Dice la leyenda que tras la conquista de Granada por los Reyes Católicos fueron muchos los nobles árabes que emprendieron el camino del exilio hacia tierras africanas. Llevaban en su corazón a la ciudad de sus padres y de sus abuelos, la que los vio nacer a ellos y a sus hijos, la ciudad a la que algún día esperaban volver.

Temerosos éstos de que en el trayecto hacia los puertos de Almería o Almuñécar donde se embarcaban, les robaran sus fortunas los salteadores de caminos, “grupos de soldados renegados de los ejércitos cristianos” , escondieron grandes tesoros entre los olivos que un día poblaron este monte.

Acontecieron paralelamente a estos hechos, otros, en los que se les dio libertad a muchos esclavos de estas familias de nobles árabes, pues les resultaba muy costoso realizar su peregrinaje con un gran séquito. Muchos de estos esclavos, que eran de raza negra, conocedores de las idas y venidas de sus señores al monte de Valparaíso (que así se llamaba entonces), de los miedos y pensamientos de éstos, escuchados en más de una conversación entre ellos, organizaban sus estratagemas. Recuperada su libertad y sin oficio ni pertenencias, decidieron subir al monte y recuperar para sí los tesoros de los que antaño fueran sus señores.

Excavaron y excavaron en las laderas de este barranco sin éxito conocido, y extenuados por el esfuerzo y sin ningún otro lugar donde cobijarse, lo hicieron en estos huecos, que posteriormente acondicionaron dando lugar a las cuevas donde hoy nos encontramos y que convirtieron en sus hogares. De ahí proviene el nombre de Barranco de los Negros, al ser sus primeros moradores de esta raza.

Posteriormente, y ya mezclados con los moradores de raza gitana, realizaron más de un sortilegio en busca del lugar exacto donde estuvieran escondidos los tesoros. Siendo conocidos los quehaceres misteriosos de alguna vieja hechicera “ferminibí” que hablando unas veces con el agua y otras con el fuego, o mirando sin pestañear una palangana de agua, intentaba conseguir algunas pistas con las que hallar los tesoros perdidos, de los que hoy no sabemos si fueron descubiertos por alguno de aquellos buscadores, que en secreto se los apropiaron, o si siguen escondidos aquí en cualquier lugar muy cercano a nosotros.

 

El barrio del Sacromonte

Cubre gran parte del antiguo Cerro de Valparaíso (o del “Valle del Paraíso”), con algunas pequeñas ramificaciones que se prolongan, tímidamente, hasta el Cerro de San Miguel, confundiéndose por momentos con los límites del Albaycín, sin que llegue a saberse a veces dónde empieza uno u otro. Su semblanza, como paisaje urbano, es bellísima y peculiar como pocas en España, y posiblemente una de las imágenes más cautivadoras de Granada: un amplio panorama de pequeñas colinas suaves, con su superficie toda cubierta de apretadas casitas de paredes encaladas, de refulgente blanco, en donde despuntan, aquí y allá, entre las numerosas pitas y las chumbares, extraños agujeros excavados en las entrañas mismas de la tierra. Se trata de las famosas Cuevas del Sacromonte, hábitat humano de tipo troglodita, o parcialmente troglodita, de antiquísimas raíces (cuando menos moriscas) y aspecto realmente singular. Un lugar inolvidable.

Según la tradición, las cuevas del Sacromonte fueron construidas y habitadas por los musulmanes hace más de quinientos años. Más tarde, tras la conquista de Granada, algunos moriscos aislados pero sobre todo, unos recién llegados –los gitanos–, las utilizaron como vivienda o refugio temporal. También muchos peregrinos de la Abadía se cobijaron en estos nichos, ocasionalmente. Sin embargo, desde el S. XVIII sus moradores habituales, y los que mayormente han contribuido a dar fama internacional a las cuevas, han sido los gitanos.
El origen del nombre Sacromonte (“monte sagrado”) ha suscitado muchas controversias desde hace tiempo. Según unos autores podría derivar de su carácter sacro, constatado desde época musulmana nazarí, puesto que, al menos en una parte de su amplio territorio, hubo una rauda, es decir, un cementerio islámico, allá por el siglo XIV. Aquel cementerio, mencionado en las fuentes como Qabrāt al–Raudā, se extendía desde la actual Ermita de San Miguel Alto y la Cruz de la Rauda, en lo más alto del Albaycín, prolongándose casi hasta las cercanías de la Fuente de la Amapola.
No obstante, siguiendo con la cuestión etimológica, el caso es que el origen del término proviene, más probablemente, de la tradición católica de crear “montes sagrados” en los lugares en donde se descubrían restos o reliquias de santos, o donde se produjera algún hecho que pudiera ser considerado milagroso; una tradición que surgió en la Italia del primer Renacimiento, con los llamados Monti Sacri.

Si bien el Sacromonte tiene fama de ser un barrio puramente gitano, lo cierto es que en él habitan hoy gentes de todas las razas y condiciones, con una amplia e innegable base étnica gitana, ciertamente, pero también payam vocablo caló que designa a todo aquél que, sencillamente, no es gitano. Obviamente, tras seis siglos de cohabitación gitanos y payos han terminando creando estrechos vínculos, de forma más o menos natural, aunque con sus históricos tiras y aflojas. Fruto de esa comunicación entre culturas son los numerosos matrimonios mixtos, y sus frutos, los vástagos llamados tradicionalmente gallipavos, hijos de gitano/a y payo/a, hijos de tan dulce mestizaje, que ha dado y dará -qué duda cabe- tantos grandes hombres y mujeres al futuro y la Humanidad.

En las últimas décadas, la fama mundial que ha adquirido el Sacromonte ha ejercido su atracción, asimismo, sobre numerosos foráneos -nacionales e internacionales-, que han acabado instalándose aquí de manera más o menos estable, estableciendo su hogar definitivo o bien eligiendo alguna casa-cueva del Sacromonte como segunda residencia. Tras la terrible inundación de 1963, gran parte de las viejas cuevas gitanas, las originales, se derrumbaron y quedaron inservibles. Muchas familias gitanas pobres, que por entonces vivían allí por necesidad, no por otra cosa, tuvieron entonces que trasladarse a otras zonas más seguras de la periferia urbana, como los barrios de Almanjáyar, Cerrillo de Maracena o La Chana.

Esta desocupación, acompañada durante el resto de las décadas 1960 y 1969 de una notable falta de interés por la rehabilitación de las cuevas del Sacromonte, posibilitó, sin embargo, que muchos foráneos, principalmente hippies o gentes sin recursos, acudieran a la colina, y arreglaran de manera independiente las cuevas abandonadas y, tras las debidas reformas, las volvieran a habitar, normalmente como “okupas” (sobre todo en la parte más alta y silvestre del cerro, al otro lado de la muralla, en una especie de tierra de nadie, llena de vacíos legales y ausencia de límites legales reconocibles, que hacen más fácil la ocupación). Por otro lado, muchos gitanos, sobre todo aquéllos con raíces más profundas y lazos familiares bien anclados en el barrio, también regresaron poco a poco a recuperar sus hogares ancestrales. Hoy estas familias gitanas se aferran a sus raíces y sus tradicionales cuevas con más fuerza que nunca, imprimiendo el sello de su cultura inconfundible a uno de los barrios con más solera de Granada. Más aún desde que muchas de esas cuevas, antiguos hogares familiares, fueron reconvertidas en pintorescas salas de espectáculos, esto es, cuevas de zambras flamencas, y, así, en la forma principal de ganarse la vida para sus propietarios.

Al decir esto, estamos pensando, sin duda, en cuevas como las de La Bulería (propiedad de uno de los hermanos Habichuela, uno de esos linajes de artistas que hay que conocer al venir aquí), Los Tarantos (por donde han pasado artistas de la talla de La Paquera de Jerez, los Amaya o Luis de Luis, entre otros grandes del flamenco), La Rocío, la Venta el Gallo (Casa Juanito) o el célebre Cueva-Museo de María La Canastera, de visita absolutamente obligada.

Las Cuevas del Sacromonte fueron habitadas de forma relativamente estable por los gitanos desde, al menos, el siglo XVIII. En principio, habitaron otros barrios de Granada, pero para esa fecha tenemos plena constancia histórica de su presencia en el Cerro de Valparaíso. Los primeros en llegar ocuparon las viejas cuevas de época mora, pero las nuevas oleadas tuvieron que excavar sus propias casas en la tierra. Las condiciones de vida y salubridad no siempre eran buenas; las tasas de mortalidad infantil eran altas, la esperanza media de vida muy inferior a la de los habitantes del centro urbano, y el analfabetismo era un hecho generalizado. Fuertemente conmovido un cura solidario, el padre Andrés Manjón, fundó en 1889 las Escuelas del Ave María, cuyo objetivo era educar a los niños de familias gitanas pobres. De aquella primera fundación escolar para gitanillos surgirían, ante su éxito, otras más, y hoy las Ave María son toda una institución en Andalucía oriental. Sus méritos no han sido pocos: varias generaciones de gitanos aprendieron a leer y escribir y pudieron alcanzar un nivel de vida bueno, desahogado, gracias a aquel colegio, primer peldaño para su integración social. A pesar de todo, el fuerte apego a la propia tradición sigue imprimiendo en la cultura gitana un sabor añejo pero único, independiente, sencillamente genuino. Fue sin duda ese carácter diferenciado del Sacromonte lo que llamó poderosamente la atención de numerosos viajeros y escritores románticos desde el siglo XIX. Théophile Gautier o Washington Irving, entre otros, fueron dos autores de renombre internacional que se maravillaron con los secretos y el embrujo de este lugar mágico, y luego quisieran contar al mundo entero la esencia de lo que vieron y sintieron entre los gitanos de la vieja Granada.

Una cueva no es simplemente un lugar de habitación –con su hogar, y al menos una habitación o dos, las más amplias tres–, sino que también suele contar con algún espacio anexo destinado a taller, normalmente de cerámica o forja, trabajos en donde los gitanos, históricamente, han sabido destacar como artesanos.

Las cuevas, con el tiempo, evolucionaron haciéndose más grandes y complejas, aumentando su número de habitaciones y talleres. Pero una característica propia es que no siguen un plan fijo, no hay dos cuevas iguales. La ventaja principal del cerro del Sacromonte es la relativa fragilidad del suelo, consistente en gravas y arenillas compactas, que pueden ser excavadas sin mucho esfuerzo. Otra ventaja, no menos estimable, de las cuevas es su temperatura constante, de unos 18ºC durante todo el año; en invierno son calientes, mientras en verano son fresquitas y agradables.

PASEANDO POR EL SACROMONTE

Un paseo por el Sacromonte es siempre una experiencia. Se puede elegir entre el día y la noche, pero las sensaciones y posibilidades varían notablemente en cada momento. En general, salvo contadas excepciones, la mayor parte de las cuevas que acogen zambras flamencas suelen desarrollar sus actuaciones en horarios nocturnos, hasta pasada la medianoche.

Aun así resulta interesante conocer de cerca la vida diurna del barrio,  En el Barranco de los Negros, lleno de magia y mitología, , así llamado porque se cree que los primeros habitantes de sus cuevas fueron los esclavos negros manumitidos por sus amos árabes, tras la rendición de Granada en 1492. Estos africanos eran sirvientes de la guardia personal del sultán y la nobleza nazarí, o criados de palacio. Se cuenta que, aterrados ante la inminente conquista de la ciudad, los moros ordenaron a sus siervos negros que escondieran sus tesoros en el cerro Valparaíso, mientras ellos emigraban en espera de tiempos mejores. Como nunca regresaron a recoger sus tesoros enterrados, posteriormente los negros excavaron en el monte tratando de recuperar las riquezas de sus amos, sin que haya constancia de ningún hallazgo. Muchos acabaron habitando las cuevas que ellos mismos habían excavado, y más tarde se mezclaron con los moriscos y gitanos. Se ubica el Museo-Centro de Interpretación del Sacromonte, un auténtico museo etnográfico vivo de la cultura y las tradiciones del barrio. A través de una interesante ruta guiada por diversas cuevas, podremos acercarnos al conocimiento directo de su historia y modos de vida, la explotación de los recursos, sus viviendas, talleres y forjas,…

Algunos bares gozan de impresionantes vistas de la Alhambra y el Valle del Darro. De día es el único momento en que se puede visitar la famosa Abadía del Sacromonte; por lo tanto, si este es nuestro destino, hay que tenerlo en cuenta.

Pero cuando cae la noche el barrio se transforma. Su ambiente sosegado se convierte por arte de magia en un bullicio de transeúntes, nativos y extranjeros, abarrotando calles y locales. El eco de guitarras y de rasgadas voces gitanas se mezclan con el jaleo y las palmas. El barrio es, en sí mismo, un espectáculo.

Una sucesión de barrancos se va perfilando a lo largo del Camino del Sacromonte, signos de la erosión, la orogénesis y el paso de los siglos. Barrancos perfumados con el aroma del tomillo y el cantueso, la lavanda y el romero, que crecen silvestres entre las abigarradas siluetas de las chumberas y las pitas… En este ambiente, se originan las cuevas y casas-cueva, hábitat troglodita tan peculiar como fascinante, adaptándose al relieve del terreno mediante angostas callejuelas.

Otra leyenda narra las hechicerías de la vieja gitana Ferminibí, con poderes adivinatorios; la bruja interrogaba en trance al agua y al fuego, tratando de “ver” mágicamente pistas sobre la localización de los tesoros árabes.

Sin embargo, como indica Navarro (1993), la palabra zambra quedará enmudecida durante varios siglos, apareciendo de nuevo entre aquellos gitanos del Sacromonte granadino. Estas zambras gitanas vendrían a ser la versión granadina de los cafés de cante que se constataban en tantas ciudades españolas durante la segunda mitad del siglo XIX.

Navarro recoge la configuración que adoptaba la zambra decimonónica. Por lo general, cada una contaba con la presencia de un Capitán o capitana que tenía el rol de director o coreógrafo y daba nombre al grupo. En dicha formación, también encontrábamos a uno o dos guitarristas y como mínimo a cuatro o seis bailaoras o bailaores. Normalmente estos miembros pertenecían a la misma familia del Capitán.

El espectáculo de estas zambras variaba en función de lo que el espectador estaba dispuesto a pagar.

Estas fiestas se convirtieron en una visita obligada para aquellos extranjeros que visitaban la ciudad de la Alhambra. No obstante, poco a poco fueron perdiendo espontaneidad, a la vez que se ganaba en automatización y en comercialidad.

Son muchas las zambras de las que nos han llegado noticias, entre las cuales podemos destacar la del El Cujón, La Golondrina, Juan Amaya o Pepe Amaya. Ya en el siglo XX, encontramos nuevas zambras como la de Lola Medina, Rosa la Faraona, Manolo Maya, Rocío, Pitirili o María la Canastera.

Singular es la descripción que hace Seco de Lucena (1929) sobre la zambra, recogida por Navarro (1995):

“Un espectáculo verdaderamente sugestivo que, por su carácter oriental, fascina a los extranjeros son las danzas que los gitanos que viven en el Camino del Monte Sacro organizan en sus cuevas y que, según feliz definición de Pérez Losa, constituyen un rito, porque ejecutan las bailaoras en la exaltación de una fiebre que la va dominando, que las va poseyendo, que las hace vibrar con estremecimientos medulares, que ponen en sus ojos verdes, la loca llamarada de las siete lujurias o la expresión torturada de los siete dolores…; son un rito, porque estas danzas tan expresivas, tan emotivas en los estremecimientos de su voluptuosidad y en los retorcimientos angustiosos de sus complicadas expresiones, tienen mucho de ceremonia, de sacrificio y de culto, siendo las más notables: El baile de la novia, representación coreográfica del casamiento de una gitana, Toman parte en ellas muchas mujeres, los músicos y el jefe que dirige la danza agitando unas sonajas.

El tango gitano, por una bailaora. Los demás le jalean con gritos, piropos y palmas. El fandango, bailado por cuatro mujeres y acompañado por el coro. La cachuca, pantomima coreográfica en la que se representa la solicitud de perdón que hace un gitano por haber robado a su novia.

El baile de la azucena, por dos gitanillas acompañándose con castañuelas y jaleadas por el coro. El bolero gitano, que baila una mujer, a quién acompaña el coro con gritos y castañuelas. Los merengazos, por una mujer. Las sevillanas, bailadas por dos hombres y dos mujeres. La jota gitana, por cuatro mujeres y un hombre que se acompaña con un pandero. Además merece citarse, como piezas de canto y música, las granadinas, coplas tristes que se cantan acompañándose con guitarra; y La sangre gitana, con acompañamiento de guitarras, bandurrias y castañuelas.”

Pese a que, según diversos autores las inundaciones de 1962 y 1963 obligaron a desalojar gran parte del barrio granadino de El Sacromonte, la zambra granadina persiste en el sentir del folklore de la comunidad gitana dispersa en esta ciudad.

LAS ZAMBRAS Y EL FLAMENCO

El vocablo actual zambra proviene del árabe az–zām al–māhr‘, “el alegato de la dote”, o zumrā, “pandilla”. La tesis tradicional afirma que deriva de un rito prenupcial de los moriscos granadinos, que durante el siglo XVI fue expresamente prohibido por la Inquisición. Pese a la persecución, la zambra pudo sobrevivir, si bien adquiriendo otros matices y evolucionando hacia nuevas formas con el tiempo. Así su esencia pudo ser recuperada por los gitanos del Sacromonte.

El flamenco es un género de música y danza nacido en Andalucía durante el siglo XVIII, basado en la música propiamente andaluza anterior, del siglo XV, de raíces fuertemente moriscas y árabes. De aquella música primitiva andaluza, o “morisca”, prácticamente no han quedado restos, pues como todo lo “moro”, fue perseguido por la Inquisición. Además, tratándose de una tradición de tipo oral y popular, raramente quedó fijada en pentagramas. Pero su esencia se prolongó y readaptó gracias a sus legítimos receptores: los gitanos del siglo XVIII. Los románticos extranjeros, entusiasmados con tan enigmático pueblo, consideraron a menudo al gitano como el más preclaro y genuino representante de lo “español”. Se sabe de la participación de los escritores Washington Irving o Thèophile Gautier en zambras clandestinas de Granada.

El problema del origen del término flamenco es de difícil respuesta; las primeras aproximaciones científicas rigurosas vienen del siglo XIX, un momento en que el flamenco como género estaba aún en fase de formación. Según Blas Infante, el “padre” del nacionalismo andaluz, el flamenco provendría de la expresión hispanoárabe fellah mengu, “campesino sin tierra”, en alusión a los moriscos que, integrados en comunidades gitanas –con quienes compartían el carácter de minoría marginal–, dieron su aporte arabizante al estilo, manifestación de su doloroso desarraigo cultural. Sin embargo Blas Infante no aporta pruebas documentales que corroboren esta hipótesis.

Otras teorías, más poéticas, apuntan que el término deriva del peculiar amaneramiento propio de los cantaores y bailaores, parecidos en su gesto a los flamencos, esbeltas aves zancudas de elegante porte. Otras dicen que flamenco proviene de flama por la pasión “ardiente” con que se interpretan las piezas. Otra explicación más arriesgada sostiene que viene de una curiosa anécdota relacionada con los flamencos, habitantes de Flandes venidos a España formando parte del séquito o los funcionarios del emperador Carlos V. Don Carlos era flamenco –pues nació en Gante, en el año 1500–; al respecto se cuenta que se le honró con una fiesta de bienvenida en donde a los artistas se les instó a “bailar al flamenco”, o sea al rey homenajeado.

El cante, el toque y el baile son las principales facetas del flamenco, pero no menos la activa y constante interrelación artista–público, durante las actuaciones. En un espectáculo de flamenco, al contrario que en otras manifestaciones musicales en las cuales el público cumple un rol pasivo como “espectadores”, los músicos, cantaores y bailaores necesitan, de algún modo, precisan de la respuesta o el estímulo constante de su público. De ahí el “jaleo”, el conjunto de palmas, gritos, invocaciones y “olés” presentes en cada espectáculo; de ahí, también, la fuerte carga de espontaneidad que caracteriza al flamenco. La vergüenza desaparece, se disipan los miedos. Más allá del aplauso final, los asistentes participan, al “jalear”, en el desarrollo del espectáculo y en el buen hacer del artista. No es raro ver cómo en mitad de un corrillo, alguien se levanta, inesperadamente, y se “arranca” a cantar o bailar, libres de toda vergüenza o miedo al ridículo.

En el antiguo Al–Andalus, algunos autores árabes acuñaron la expresión zam(b)ra para definir ciertos bailes mozárabes, cuyos orígenes remotos se remontan a la época fenicia (las encantadoras puellae gaditanae, o “bailarinas de Cádiz”) y grecorromana. Los musulmanes vieron las zambras mozárabes como unas fiestas, donde se bebía vino en abundancia y se cantaba en lenguas romances. Muchos moros se sintieron atraídos, al fin y al cabo, por este peculiar estilo, muy popular entre la plebe, y acabaron asimilándolo en su propia cultura. Más tarde los moriscos del siglo XVI lo tuvieron como algo suyo, parte de su identidad, lo que explica por qué fue tan perseguido por la Inquisición, ignorante de su verdadero origen. [Sin embargo no deben interpretarse, por el mero hecho de ser mozárabes, como cristianos, pues tenían una fuerte base pagana, fenicia, griega, judía,…]

Por otro lado, tras la invasión musulmana del 711, la separación de la Península Ibérica del devenir histórico del resto de Europa la alejaron igualmente de las reformas musicales de San Gregorio. Así, en Al–Andalus sobrevivió, como algo apartado, este canto mozárabe con modos y métrica totalmente únicos. Como resultado se produce otro proceso, de sincretismo y distinción al mismo tiempo: la música andalusí de base árabe, al absorber en suelo hispano el vasto legado fenicio, griego, sefardí y latino –a través del mozárabe–, se transformó a su vez en un fenómeno diferenciado respecto a la evolución musical del resto del Islam medieval. La reforma de Ziryāb, el famoso músico de la Córdoba califal (siglo X), contribuyó a la creación de la llamada nāwbā, suite vocal e instrumental que recogía la influencia judeocristiana y bereber sobre una base árabe.

La música andalusí, así conformada, no dejó de desarrollarse hasta 1492, cuando muchos artistas nazaríes emigraron al Magreb. Pero, para esa fecha, ya había dejado una imborrable impronta en el mundo español; su huella se rastrea incluso en ciertas composiciones castellanas y aragonesas, pese al rechazo que despertase a priori todo lo “moro” en los cristianos. Las jarchas mozárabes, primeras composiciones populares de que tenemos constancia escrita en la música y la literatura española –y que además son las líricas en lengua romance más antiguas de Europa–, están impregnadas de carácter musulmán, con paralelismos constatables con los zéjeles y moaxajas andalusíes. Por otra parte, la influencia sefardí se puede observar en los tonos y estilos de ciertos palos (“variantes”) actuales del flamenco, como las peteneras o las saetas. El substrato castellano también es innegable: con la conquista de Córdoba por Fernando III el Santo, apareció el romancero castellano en el Valle del Guadalquivir, ejerciendo su influencia sobre las jarchas y zambras, influjo que, sin embargo, fue recíproco. La investigación demuestra que los gitanos ambulantes del siglo XIX, dedicados entonces profesionalmente al flamenco, ejecutaban largas versiones de romances castellanos medievales, influidos por la tradición trovadora (amor cortés) de un lado, y de otro por las jarchas y zambras.

Se trata, si lo pensamos bien, de algo ajeno en principio a la cultura gitana (los gitanos llegaron sólo a mediados del siglo XV a la Península), pero para ellos no hubo problema alguno en asimilar en su propia tradición estas canciones. Adaptando los gitanos a sus propios gustos y fines aquellos patrones rítmicos y métricos de este –podríamos decir, inventando ahora un término– “protoflamenco”, tendríamos una primera impronta gitana, de gran peso, sobre el desarrollo posterior del flamenco. Más tarde ciertos estilos de raíz igualmente mora, como la seguiriya (del árabe siguiriya) o el fandango, propios de otras regiones, desempeñarían un rol análogo en el desarrollo de los varios palos.

Cabe pensar que, tras el decreto de expulsión de Felipe II (1571), muchos moriscos se mezclaron genéticamente con las comunidades gitanas, marginales como ellos, sirviendo de vehículo de transmisión cultural del sustrato de cantos mozárabes, zambras, jarchas, seguiriyas, fandangos y romances, a partir del XVI.

El sustrato gitano, el más famoso e innegable de todos cuantos componen actualmente el flamenco, especialmente desde finales del siglo XVIII, ve con todo demostrada su fuerte raíz morisca-andalusí. Los nómadas gitanos, obligados a desempeñar funciones económicas marginales, se vieron abocados para sobrevivir a ganarse la vida con lo que mejor se les daba: sus bailes y danzas. Fruto de una necesidad nació una forma de vida. En el siglo XIX el flamenco estaba bastante cerca de su consolidación como estilo definido. A pesar de todo, muchos de los cantes y ritmos que hoy llamamos, globalmente, “flamenco”, por entonces eran elementos aislados. La Guerra de Independencia (1808-1814) contra los franceses tendría su repercusión en la integración de estos elementos: en ella se cimienta el modelo del héroe antifrancés, identificado muchas veces con el bandolero serrano y el majo, que toma parte activa en la lucha de guerrillas, en revueltas (Madrid, Aranjuez, 1808) y en batallas decisivas como Bailén. De estos personajes nacerá el mito del castizo, de lo cañí, que por primera vez en la Historia ve en el gitano, a menudo forajido pero siempre luchador y patriota, la quintaesencia del espíritu español (individualista, orgulloso, libre).

De pronto los gitanos son bien vistos, incluso admirados, y con ellos su arte flamenco pasa a encarnar el paradigma de España. A esta contribución se unirán otras de diversa índole, como la apertura en 1881 del primer local de flamenco, el Café Cantante de Silverio Franconetti, en Sevilla. Irónicamente Silverio era payo, pero sentía auténtica devoción por la cultura caló (gitana) y a instancias de uno de los mejores cantantes de aquel momento, el gitano Fillo, abrió su establecimiento donde tendrían cabida todas las variantes de la música gitana.

Desgraciadamente, aquel café hispalense era un antro nocturno y la baja categoría social de muchos de sus asiduos motivó que las clases altas no se interesaran por él. El Cantante, sin embargo, permitiría actuar, por primera vez en la historia, en un mismo espacio a artistas de diversos palos, algo que incidió positivamente en la posterior profesionalización del cantaor y el bailaor, y contribuyó a que se admitieran, dentro de la denominación global de flamenco, múltiples estilos antes separados.

En el mismo instante en que el flamenco empezaba a obtener cierto status social, y a verse como música propiamente española, ocurrió el Desastre del 98, con la pérdida de las colonias americanas (Cuba y Puerto Rico) y el fin del Imperio español. España quedaba así convertida en potencia de segunda fila. La respuesta intelectual del llamado Movimiento del 98 fue intentar averiguar qué había hecho mal España, cuáles eran sus debilidades intrínsecas, para haber perdido de la noche a la mañana su orgullo: el imperio colonial.

Muchos consideraron que España, anquilosada en el pasado, necesitaba una urgente regeneración que la pusiera de nuevo al frente de Europa. Y entre los males fundamentales de la patria, algunos intelectuales, como Noel, identificaron los toros y el flamenco. Mientras tanto los nacionalismos periféricos (vasco y catalán), con sus propias tradiciones, lanzaron mortíferas saetas contra todo lo andaluz, entendido como paradigma de lo español. Con excepción de los sevillanos hermanos Machado, casi todos los del 98 suscribieron esta opinión. El gitano pasó de ser entendido como alma de España a ser visto como un vago culpable del total desinterés del pueblo hacia cuestiones como la política o la “alta cultura” de la burguesía –que buscaba emular a las naciones más desarrolladas–. Afortunadamente, la llegada de una nueva generación de intelectuales, los llamados “del 27”, la mayoría de ellos andaluces, supuso para el flamenco una nueva recuperación y puesta en valor. Algunos de ellos, como Federico García Lorca en Granada o extranjeros enamorados con la cultura española, como el estadounidense Ernst Hemingway, contribuyeron decididamente a romper el mito de la supuesta culpabilidad del flamenco en la crisis de España.

Al respecto, Lorca y el músico Manuel de Falla supieron, mejor que nadie, dar un nuevo empujón al flamenco en sus raíces más puras -entiéndase puristas- cuando, en 1922, organizaron el primer Concurso de Cante Jondo en Granada. Preocupados porque el flamenco estuviera perdiendo su esencia (su hondura o “jondura”), pusieron como condición a los participantes que fueran todos cantaores aficionados. Más tarde vendría la Ópera Flamenca, curioso nombre para una manifestación artística que nada tenía que ver con la ópera; el motivo se debía a que los promotores pagaban menos impuestos si se dedicaban al género lírico. Esta época coincidió con el esplendor de Manuel Torre, la Niña de los Peines, Pepe Marchena, Manolo Caracol, y otros genios y grandes maestros.

Desde 1970, por último, se ha iniciado un interesante proceso de renovación del flamenco, al fusionarse con estilos actuales, gracias a la labor de grandes genios como el ilustre Camarón, con su insuperable Leyenda del Tiempo (1976); o más recientemente el granadino Enrique Morente -recientemente fallecido; desde aquí un saludo estés donde estés, maestro–, quien colaboró con la mítica banda granadina de rock Lagartija Nick, en el celebrado proyecto Omega, original fusión de flamenco con toques de rock, música étnica y electrónica de vanguardia.

 

LA ABADÍA DEL SACROMONTE

Anuladas en el año 1500 las Capitulaciones firmadas con Boabdil que, desde 1492, aseguraban la protección de los mudéjares y su religión, los procesos de cristianización forzada de la población árabe del Reino de Granada afectaron, no cabe duda, de forma especialmente sensible al Sacromonte y el contiguo barrio del Albaycín, tradicionales focos de atracción y refugio para la población marginada. De forma especialmente notable, el Sacromonte se poblaría rápidamente de moriscos (es decir, mudéjares convertidos de buena o mala gana al Cristianismo), mientras sus cerros y barrancos se llenaban, al mismo tiempo, de hordas de buscadores de tesoros, supuestamente escondidos allí -se creía- por los señores árabes antes de 1492.

Pasado algún tiempo, el 18 de marzo de 1588 se produjo un hallazgo fortuito destinado a crear polémica en los años venideros: durante las obras de demolición de la prominente Torre Turpiana –alminar de la Aljama de la Medina, atribuida a tiempos de los fenicios– para construir la Iglesia del Sagrario, apareció entre los escombros una misteriosa cajita sellada. En su interior conservaba un pergamino escrito en tres lenguas –latín, árabe y castellano– con una profecía desconocida de San Juan sobre el fin del mundo, profecía que supuestamente San Cecilio, primer obispo de Granada, habría hecho esconder para que no la profanase nadie, hasta el momento de “ser revelada”. Además, la caja contenía una tabla con una imagen de la Virgen, un lienzo y unos huesos que fueron atribuidos a Santiago Apóstol.

Los pergaminos fueron entregados a importantes traductores, como Don Alonso del Castillo, hijo de moriscos conversos y famoso traductor de textos árabes de la corte de Felipe II, quien a su vez los entregó a otro traductor amigo suyo, también de origen morisco, Don Miguel de Luna. Los extraños resultados de la traducción inquietaron hondamente a los eclesiásticos del momento. La cuestión permaneció siete años sin solución, hasta 1595, cuando unos buscadores de tesoros en el cerro de Valparaíso, hicieron otro hallazgo en una cueva que, si bien igual de enigmático, venía a arrojar algo de luz sobre el anterior de Torre Turpiana: un conjunto de veintidós láminas de plomo, con extrañas inscripciones en una lengua rara –presuntamente, un árabe clásico de rarísima caligrafía–, junto a otras reliquias y huesos.

Las láminas fueron bautizadas desde entonces como Libros Plúmbeos, y tras relacionar este hallazgo con la traducción de la profecía de la Torre Turpiana se sacaron las siguientes (y problemáticas) conclusiones: Cecilio, santo patrón y primer obispo de Granada, era de raza árabe; en la época de su martirio junto a sus discípulos (siglo I d.C.), aquellos santos varones ya sabían, de modo profético, lo que iba a acontecer en el porvenir de España y Granada: fin del reino visigodo e invasión del Islam, reconquista posterior, rendición de la Granada nazarí,…, incluso el descubrimiento de los libros. Los huesos hallados en la cueva eran de San Cecilio y sus discípulos San Hiscio y San Tesifón, puesto que en ellas habrían sufrido su martirio, quemados en cal viva por orden del emperador Nerón o Domiciano. Y, en resumen, que no era del agrado de Dios la intolerancia y represión antimorisca que estaba ocurriendo en España.

El desciframiento de estos contenidos causó lógicamente un gran revuelo en Granada. El entonces Arzobispo Don Pedro de Castro Cabeza de Vaca y Quiñones se apresuró a enviar un informe a Roma, poniendo al corriente del asunto a la jerarquía pontificia, y promoviendo la inmediata sacralización del lugar de los hallazgos. Dado el visto bueno (no sin reticencias por parte de la Curia romana) se constituyó por todo el monte Valparaíso un Vía Crucis, en donde realizar solemnes procesiones que recordaran el recorrido de Jesucristo al Calvario. En poco tiempo, todo el camino sagrado se llenó de cruces conmemorativas –1.200 en su momento de apogeo, se dice–, de las cuales hoy quedan apenas cuatro en pie.

En el extremo del Vía Crucis, en el mismo lugar de las Santas Cuevas donde se hallaron los huesos y los Libros Plúmbeos, se construyó en 1607 por iniciativa del Arzobispado una gigantesca abadía, para que sirviera de retiro a los monjes, y de lugar de culto y veneración de los restos San Cecilio y los Santos Mártires, y de custodia de los sagrados Libros Plúmbeos. Así nació la Abadía del Sacromonte. De esa fecha deriva también el cambio toponímico, de Valparaíso a Sacromonte.

Las inscripciones, sin embargo, estudiadas posteriormente con mayor atención, fueron consideradas falsas por el Vaticano en 1682. Probablemente fueron inventadas o malinterpretadas adrede por los traductores Miguel de Luna y Alonso del Castillo, descendientes de moriscos. Los tiempos que corrían no eran buenos para su pueblo, siempre bajo sospecha de falsa conversión –más aún desde la sublevación morisca de las Alpujarras, mitigada en 1571 a costa de mucha sangre–. Posiblemente, ante tal situación, aquellos traductores difundieron intencionadamente una versión errónea de los textos para facilitar la reintegración del pueblo morisco en la sociedad católica. ¿Qué mejor forma de lograrlo, para un eterno sospechoso de falso converso, un morisco, en plena Granada de la Contrarreforma, que mostrar pruebas evidentes (aunque fuera inventándolas) de que el santo patrón y primer obispo de la ciudad, era árabe, si bien un buen cristiano?

Por otro lado, que la misma Virgen anunciara (proféticamente) en fecha tan temprana como el siglo I d. C. todo cuanto iba a suceder en adelante –siglos antes de que ni siquiera el Islam hubiera visto la luz–, era otra forma de desdibujar la magnitud y destruir la lógica de las persecuciones religiosas. Asimismo, se trazaba una evolución histórica para la Granada cristiana, con orígenes claros y fechas exactas; se disipaban las dudas sobre la sincera conversión al Cristianismo de los descendientes de árabes, porque si el mismísimo San Cecilio, siendo árabe, había llegado a ser el más ferviente cristiano –incluso mártir de su fe–, el razonamiento lleva implícita la pregunta “¿Por qué no podían serlo ahora los moriscos?”.

Por último se demostraba que lo árabe era parte indisoluble de la identidad hispana, y se creaban dudas razonables sobre la legitimidad de la conversión forzosa de 1500. En suma, toda una trama cuidadosamente diseñada y premeditada para crear una propaganda pro-morisca que posibilitara la convivencia y la tolerancia en la España contrarreformista, plagada de fanatismo y persecuciones. En cierto modo, tras descubrir la falsedad de los textos, la misma fundación de la Abadía y su razón de ser parecía basarse en una mentira.

Sin embargo la solución fue rápida: se echó la culpa a un grupo de moriscos por la farsa, y todo quedó en paz, sin más, porque no interesaba a nadie en el fondo que decayeran los logros de la fe obtenidos con el suceso. La posible falsedad de los documentos no importó tampoco en absoluto a los fundadores de la abadía, y menos aún cuando los hallazgos se tuvieron aún por ciertos. La rapidez con que se facilitó la declaración, hacia 1600, de la autenticidad de las reliquias es notoria, y desató una calurosa ola de fervor religioso entre los granadinos. La Abadía, durante el siglo XVII, fue de hecho uno de los mayores centros de peregrinación de toda Andalucía.

La Abadía es accesible a lo largo de un sinuoso camino, las famosas Siete Cuestas, bastante empinadas pero de gran belleza paisajística. Este recorrido forma parte del solemne Vía Crucis por donde pasan las romerías de San Cecilio, o la ascensión de la procesión del Cristo de los Gitanos, llenando la noche de hogueras en torno a las cuales se realizan zambras y bailes, con gran participación de lugareños y visitantes. Casi en su arranque mismo, podremos presenciar la recoleta y encantadora Ermita del Santo Sepulcro (siglo XVII), precedidas por su pintoresco crucifijo, lugar de profunda devoción, y en donde es aconsejable detenerse a coger energías antes de empezar la subida a pie.

 

Historias del Valle de Valparaiso y el Darro. 

Por: Antonio Monleón Anguita

El río Darro con su afluente el Hornillo -un pequeño arroyo que recibe por la derecha y que causó la mayor inundación que se conoce en Granada- fue durante muchos años un lugar mágico para los niños de la placeta del Salvador, de la calle san Martín, de san Buenaventura, de Guatimocín y de los Careíllos, que abandonaban por algún tiempo los queridos y tradicionales juegos infantiles, los carros de cojinetes, el fútbol en las placetas, los aros y las volaeras para sumergirse en el misterio y la aventura que les proporcionaba un río del cual desconocían su origen y su destino. Para los niños el Darro sólo era el tramo que regaba el valle de Valparaíso, una umbrosa angostura de húmedas paredes plagadas de culantrillo que comenzaba en el puente de las Chirimías y terminaba en la presa de captación de la acequia real de la alhambra, que cruzaba el río por un antiguo acueducto después de mover las muelas del molino de los Arquillos, una antigua casita blanca a la que daba sombra un espeso bosque de avellanos.
En este valle que el tiempo y el agua de la Alfaguara han ido modelando sobre la arcilla roja de las cárcavas veteadas de oro del Cerro del Sol y los montes de la Silla del Moro crecen chopos, sauces, fresnos, olmos y servales sobre un suelo plagado de juncos, espadañas y carrizos que sirven de refugio a ranas, culebrillas y ratas de agua. Bajo las copas amarillas, rojas y verdes de este extenso bosque de ribera vuelan pitos reales, pájaros tejedores y algunos ruiseñores bastardos.
Paralelo al río y por su margen derecha discurría el antiguo Camino medieval de Granada a Guadix, que jalonaba el curso del agua hasta llegar a la aldea de Beas. Desde allí y por el paraje de los Dientes de la Vieja, protegido por el castillo de las Peñas de Cabrera, entraba en la Hoya de Guadix.
En ambas orillas del río se suceden rincones, parajes y edificios cargados de historias y leyendas que el realismo mágico y el imaginario colectivo han sublimado a lo largo de los siglos: el Camino del Monte y sus cuevas de gitanos, la Abadía del arzobispo Vaca de Castro, el Vía Crucis de las Siete Cuestas, el convento de jesuitas de Jesús del Valle, las fuentes del Avellano, Salud y Agrilla, la Silla del Moro, el palacio de la Novia, las acequias de san Juan, santa Ana y la Real de la Alhambra, el Llano de la Perdiz, la casa del Miedo, el cortijo del Batán, Puente Mariano, el barranco de los Negros, el cortijo del Partidor, Puente Quebrada, la ermita del Santo Sepulcro, el puente romano del cortijo del Hornillo, el siniestro tajo del Pollero y decenas de diminutas y antiguas huertas cultivadas desde la Edad Media cuya importancia se hacía patente en el fielato del puente del Aljibillo en donde se pesaban las verduras, frutas y hortalizas que los labradores bajaban a vender a Granada, se observaba si venían en buenas condiciones para su consumo y se cobraban los arbitrios correspondientes por parte de un funcionario que lo abría a la salida del sol y lo cerraba cuando este se ponía.
Para facilitar el tránsito entre ambas orillas los labradores construyeron pasarelas de madera que con el tiempo se transformaron en sencillos y estrechos puentes de mampostería. Uno de ellos, junto al cortijo del Partidor, sirve también de acueducto para llevar un ramal de la acequia de san Juan desde la margen derecha hasta la izquierda del río.

En este paraje, que debido a su hermosura ha sido siempre conocido como Valle de Valparaíso, han eclosionado desde antaño historias, mitos y leyendas, que en un alarde de imaginación mediterránea se encargaron de transmitir con su exuberante expresión oral los gitanos canasteros y andarríos que trenzaban sus cañas bajo los abrigos umbríos de las cárcavas del río, areneros y arrieros que comerciaban con la arena, molineros, aguadores, buscadores de oro que despertaban la admiración de los niños, labradores, meleros, acequieros, canónigos y viajeros románticos de todos los tiempos.
Me contó una vez mi padrino José Titos, arrendatario de una huerta junto a Puente Quebrada, que las brujas del valle celebraban sus aquelarres junto a las pozas del río, protegidas por el espeso bosque de ribera que impedía que nadie las viera. Rescoldo, un pastor del cortijo de los Arquillos, me contó que a veces deambulaban por el Camino de Guadix las sombras de antiguos arrieros moriscos y que en las inmediaciones de la presa de captación de la acequia real se escuchaban voces y salmodias en algarabía. No sé si aquello era fruto de su imaginación que intentaba influir en la mía, pero una tarde, junto al pretil del dique de la torna de la acequia, el Granizo y yo vimos un pajarraco pardo y chillón que surgió de pronto de una poza y volando se internó en la maleza mientras una racha de viento frío agitaba las copas de los árboles. El agua, antes lisa como un espejo, se rizó en ondas que rompían en las orillas. Durante unos segundos un extraño escalofrío me recorrió la espalda y mi amigo y yo echamos a correr hacia el cortijo. Cuando pasamos de vuelta junto al molino Rescoldo nos saludó desde un balate.
-¡Qué mala cara lleváis. Parece que habéis visto al diablo! -nos gritó.
Todos los niños sabíamos que en el Camino del Avellano, antes de llegar a la fuente y en la margen izquierda del río se levantaba en medio de una alameda una casa sombría que los niños conocíamos como Casa del Miedo. El edificio, de dos plantas, estaba siempre en penumbra y en su fachada, dos misteriosos balcones con barandas de hierro forjado llamaban nuestra atención, porque a través de sus sucios cristales creíamos ver dos almas en pena. Junto a la cancela de hierro pintada de verde que daba acceso a la finca, en el borde de un balate, crecía una vieja y retorcida morera con un agujero en el tronco, profundo y negro, que ponía a prueba el valor de los niños que metían la mano dentro. Esto y saltar la cancela verde para adentrarse por un sombrío paseo que se perdía entre las tapias blancas y la maleza era un reto que sólo los más atrevidos realizaban. La mayoría nos quedábamos en este lado de la cancela, incapaces de saltar, esperando el momento de salir huyendo en cuanto veíamos a los otros regresar gritando

Pero la magia, las leyendas y las historias de miedo se convertían a veces en tragedias que nos enfrentaban con la realidad de la vida. Junto a la Casa del miedo y en la orilla izquierda del río, cerca de la fuente del Avellano, se alzaba el tajo del Pollero, una pared de quince o veinte metros sobre el lecho del río. Tirarse por aquel tajo era el recurso de algunos hombres de Granada a los que la vida los agobiaba demasiado. Una mañana de primavera alguien dijo en el barrio que un hombre se había tirado por el tajo y mi amigo Pepe el Blanqueaor y yo bajamos para comprobarlo. Nos impulsó la curiosidad, el pánico vino luego, cuando vimos el cuerpo tendido sobre la grava y los cantos rodados del lecho del río.
-¿Está muerto? -me preguntó mi amigo con la voz cortada.
-¡Ven! -le dije mientras lo cogía de un brazo.
Bajamos por un balate plagado de zarzales y saúcos y escondidos detrás de una mimbre para no ser vistos por los dos guardias civiles nos acercamos. Noté un extraño silencio sobre el río y una quietud en aquel cuerpo que no era natural y me inquietó. Entre dos cuerpos que yacen inmóviles en el suelo, uno muerto y otro dormido, hay “algo” que te dice cuál es el muerto, “algo” que no ves pero que intuyes. Yo no lo sabía explicar, pero aquel día creí comprender lo que era la muerte.
El hombre estaba descalzo y a través de un desgarrón en el pantalón oscuro se le veía una pierna muy blanca. La camisa color ceniza de manga larga con los faldones por fuera manchada de barro y sangre. No se le veía la cara, casi enterrada en la arena, pero sí el pelo castaño y encrespado. El brazo izquierdo pegado al cuerpo y el derecho extendido con la mano en el agua. Los dos guardias civiles fumaban mientras miraban impacientes río abajo por donde se escuchaban ya voces inquietas que se acercaban.
-¡Vámonos! -me dijo el Pepe temblando.
Y de pronto comenzó a vomitar dando grandes arcadas. Uno de los guardias se volvió sobresaltado.
-¡Niños! ¿Qué hacéis ahí? ¡Me voy a cagar en vuestra nación!
Echamos a correr entre los saúcos y subimos por la espesura del barranco del puente hasta la capilla del colegio de la Casa Madre. El Pepe seguía temblando como si tuviera frío y a mí me latía el pecho violentamente mientras buscábamos refugio detrás de los mandamientos de ladrillo que jalonaban el paseo de la escuela.
Cuando una hora después llegamos a la placeta Contador y nos aproximamos al corro del puesto de la Julia ya sabía todo el mundo que un hombre se había tirado por el tajo.
-¡Se ha tirado un tío por el tajo del Pollero! -nos dijo el Poli.
-¡Ya lo sabemos! ¡Lo hemos visto!
Y de pronto nos convertimos en protagonistas. Todos los que había junto al puesto preguntando. Las mujeres, los otros niños y Manuel el Carbonerillo, que me dijo que se lo iba a decir a mi madre y yo le respondí que a él qué le importaba.
-¿Qué no me importa? ¡Ahora te vas a enterar! -y se dirigió hacia el portal de mi casa.
Al poco tiempo escuché la voz inconfundible de mi madre gritando desde el balcón:
-¡Antoñito sube!
Y protestando subí los escalones mientras pensaba en el muerto y en los motivos que lo habrían llevado a suicidarse

Estos sucesos no empañaban la cara amable del río, que siempre generoso prestaba sus aguas para bañarse en verano o celebrar la fiesta de las Pasaeras del barrio de san Pedro en el mes de junio. También ofrecía su arena para que la recogieran los areneros del Albaycín o la esculcaran, en una labor paciente y laboriosa, los buscadores de oro que en parejas se repartían por su cauce despertando la curiosidad y la admiración de los niños. Y también prestaba sus angosturas umbrías a las familias que huyendo del calor se esparcían por sus orillas los días de fiesta.
Paisaje y tranquilidad buscaban mi familia y mis vecinos los domingos cuando se iban de merienda a las inmediaciones del molino de los Arquillos y resguardados del sol bajo el bosque de avellanos, se hacían por unas horas dueños del tiempo y de sus vidas, ajenos a las responsabilidades del trabajo y las obligaciones sociales mientras los niños nos bañábamos junto al acueducto de la acequia Real de la Alhambra.
Desde el camino del Avellano y andando por el borde de la acequia entre almeces, gayombas, chaparros, zarzas, cornicabras y majuelos, llegábamos hasta el convento de Jesús del Valle, cerca del molino, al que accedíamos por un pequeño puente con barandas de hierro que salvaba el río a pocos metros del portón de entrada. Jesús del Valle era una hacienda-convento del siglo XVI que perteneció a los jesuitas y que posiblemente fuera en época musulmana un oratorio o zagüía para los viajeros que hacían el camino de Granada a Guadix. Un gran arco con un portón de madera, a la sombra de unos grandes plátanos de indias y una hilera de moreras, daba acceso a un patio empedrado que se comunicaba con las abandonadas dependencias interiores a través de unos grandes corredores de altos techos y losetas de arcilla desgastadas. El edificio, además de restos de un molino de harina, un lagar y varios corrales, conservaba la capilla con algunos enterramientos en el subsuelo bajo unas impresionantes losas de mármol negro con enigmáticas inscripciones en latín que ninguno comprendíamos. Hacia levante, a la orilla del río, un pequeño y recoleto claustro invadido por la maleza -zarzas, higueras y avellanos agobiaban a los naranjos que sobrevivían- evocaba los cuentos románticos de Bécquer. En silencio para no alarmar a los caseros recorríamos aquellas impresionantes ruinas a través de los largos corredores y empinadas escaleras hasta alcanzar la última planta, donde en una galería orientada hacia Granada se conservaba en muy buen estado, aunque vacío, un inmenso palomar con cientos de pequeñas tacas. Mientras los demás corrían o curioseaban por las dependencias yo me acodaba en la baranda del palomar para evocar la vida antigua de aquel paraje: bandadas de palomas volando sobre el claustro mientras los clérigos cultivaban las huertas y viñedos, cuidaban del ganado o hacían oración arrullados por el tañido de una campana.
Después y caminando por el cauce del río llegábamos hasta el molino y acampábamos bajo el bosquecillo de avellanos hasta la caída de la tarde.
Si los domingos eran los días de las familias, los días laborables lo eran para los niños, que en pandillas bajaban del barrio hasta el río. Los niños de la calle san Martín y la placeta del Salvador bajábamos por el Carmen de la Fuente, Puente Quebrada o las veredas del Camino del Avellano para bañarnos en las pozas de Poyatos o del Teléfono -las más grandes y profundas- o en cualquier otra más pequeña que encontráramos río arriba hasta llegar a Puente Mariano, al cortijo del Partidor o al molino del Batán.
Todo el curso del río desde el Carmen de la Fuente hasta el puente romano del arroyo del Hornillo era un festival alegre y bullicioso de niños castellanos y gitanos que chapoteaban, pillaban ranas o mataban culebrillas de agua. Algunos lucían bañadores de color negro -todos iguales- que sujetaban con una cinta, pero la mayoría se bañaban en pelota luciendo sus entecos cuerpos atezados. Entre baño y baño se empapaban de sol tumbados como lagartos sobre los inmensos y pulidos cantos rodados de las orillas del río, construían barcos y molinos con los juncos de sus orillas o elaboraban pitos con las cañas tiernas de los cereales. A mediodía regresábamos joviales y vocingleros cuesta del Chapiz arriba llevando a nuestras casas el aroma denso del saúco, del chopo y del mastranzo y el olor húmedo del agua que aún conservaban nuestros cuerpos.
Las pozas del río eran el único lugar donde bañarse porque en el Albaycín no había piscinas, sólo dos albercas de riego de verdes aguas, una en el huerto del Carlos y otra frente al Carmen de las Tres Estrellas, donde los niños y adolescentes se bañaban por una peseta. Por entonces no empleábamos la palabra piscina sino que utilizábamos la palabra árabe alberca, más sonora y agradable, para nombrar los depósitos artificiales de agua para el riego que aún se conservaban desde la Edad Media.

En reatas de cuatro o cinco y arreados a varazos por los arrieros de los callejones de san Buenaventura o san Luis los burros de la arena bajaban de madrugada por la cuesta del Chapiz, cruzaban el puente del Aljibillo, descendían al cauce del río por una vereda junto al carmen de la Fuente y trotaban río arriba hasta los arenales de las angosturas. Los areneros, con el agua hasta las rodillas, amontonaban la arena en la ribera, la cribaban y la cargaban en los serones para que los arrieros surtieran los edificios en construcción de Granada. Derrengados, maltrechos y mirando el suelo los desdichados burros iban y venían varias veces desde el río hasta Granada con su pesada carga sobre los lomos. De vez en cuando, en medio de una calle, se les caía un serón y el arriero los molía a palos con su vara de avellano. Al caer la tarde volvían tristes y abatidos hacia sus cuadras despertando la sensibilidad y la compasión de los niños que a aquellas horas retozaban alegres por las calles y las placetas.
Los burros de los aguadores que vendían agua de la fuente del Avellano llevaban otra vida. Engalanados con alamares de colores, matas de mastranzo y ramas de chopo enredadas entre los cántaros escuchaban con impasible serenidad la cantinela del aguador, que mientras llenaba a las vecinas por dos perras gordas una botija o una damajuana forrada de esparto canturreaba un tanguillo de Granada:
Burra cana, burra cana
veinte reales me costaste
y a la primera carga de agua
los cacharros me quebraste.
Y es que los burros del aguador y los del arenero no eran iguales. Los del aguador miraban de frente, serenos y confiados. Los del arenero miraban de reojo, esperando siempre un varazo. Un poeta hubiera dicho que los burros del aguador tenían palomas en los ojos y los del arenero pájaros negros.
A finales de junio y coincidiendo con las vacaciones de verano se celebraban las Pasaeras del barrio de san Pedro en un trecho del río que discurría entre el puente del Aljibillo y el de las Chirimías, frente a la sala de fiestas del Rey Chico. Era una fiesta popular en la que algunas mujeres trataban de cruzar el río saltando sobre unas piedras que previamente habían sido untadas con jabón. Cuando se caían quedaban completamente empapadas de agua, provocando el regocijo y despertando el morbo de los cientos de espectadores que se juntaban allí todos los años después de pegarse un madrugón para pillar un buen sitio en los pretiles y taludes del río. Las mujeres consideradas decentes eran muy reacias a participar y si lo hacían era para conseguir algún premio: un bote de colonia, un abalorio, una blusa o cualquier prenda femenina que económicamente no estaban a su alcance. Por eso no era raro que sólo participaran las mujeres de la sala de fiestas del rey Chico, seguramente por dinero y a última hora, cuando la fiesta no funcionaba por falta de las vecinas del barrio.
A mí aquella fiesta me aburría bastante porque había que estar dos horas esperando de pie o sentado en un talud en medio del gentío que se arremolinaba en la orilla para luego no ver nada. Sólo recuerdo con satisfacción el año que la fiesta terminó con tiros al aire. Un muchacho de las cuevas de Montes Claros la emprendió a golpes con su hermana para que no participara. Dos policías lo esposaron y se lo llevaron para el puente del Aljibillo en medio de un impresionante tumulto. Antes de llegar al puente un amigo empujó a los policías y mientras se recuperaban, los dos muchachos huyeron hacia el Carmen de la Fuente. Un policía sacó la pistola y disparó dos veces al aire sobre la alameda, provocando que la gente corriera de un lado para otro para ponerse a salvo mientras las mujeres gritaban y buscaban a sus chiquillos en medio de la desbandada general. Cuando a mediodía le conté el incidente a Fernando en la carpintería me dijo:
– ¡Pues menuda película!
La fiesta continuó algunos años más hasta que se murió por sí sola, porque no participaban las mujeres y sólo cruzaba el río algún borracho haciendo cabriolas y tirándose adrede al agua para hacer gracia y salvar la fiesta. Y claro, después del madrugón para tener un buen sitio en la orilla del río todo el mundo subía la cuesta del Chapiz quejándose:
-¿Y para esto hemos venido? ¡Con lo a gusto que se estaba en la cama!

De todas las actividades humanas que se realizaban en el río o en su cuenca, la que más me llamaba la atención era las de los buscadores de oro. Estos hombres, que generalmente trabajaban en parejas, instalaban sus tablas y sus cacharros en un vado y se pasaban el día esculcando y lavando la arena para encontrar unas minúsculas motas amarillas a las que llamaban pepitas de oro. Una mañana, caminando río arriba, unos buscadores de oro amigos del Tintorero nos enseñaron envueltos en un papel de fumar unos puntitos amarillos que apenas se veían y que brillaban tenuemente cuando les daba el sol. Yo me llevé una decepción muy grande al ver aquellas motas de polvo, porque acostumbrado a las películas del oeste que proyectaban en el cine Albaycín esperaba ver unas medianas piedrecitas y no aquellos puntitos miserables. Observé con atención a los dos buscadores de oro y comprobé que no se parecían en nada a los curtidos pioneros del río Colorado o del Yukón, que además de buscar el oro tenían que defender su propiedad a tiros. Los del río Darro no eran iguales pero yo prefería pensar que sí. Sólo hacía falta que salieran algunos indios por las alamedas y los saúcos para que mi fantasía se hiciera realidad, pero por mucho que lo pensé y lo imaginé, en las alamedas sólo se escuchaban los gritos de los niños que se bañaban.
El valle de Valparaíso y el tramo de río que lo regaba formaron parte pues del paisaje sentimental de mi infancia y la de mis amigos, los niños de la placeta del Salvador, de la calle san Martín, del callejón de san Buenaventura o Guatimocín, que empapados de la magia que desprendía el río vagamos soñando durante muchos años por sus orillas, imbuidos de su belleza y su misterio, exacerbado todos los años el día de san Cecilio, patrón de Granada, cuando los maestros del colegio de la Casa Madre nos llevaban en fila a visitar las cenizas del santo en las catacumbas de la Abadía del Sacromonte. Aquellos estrechos y oscuros pasadizos cavados en la roca despertaban nuestra curiosidad y nuestro miedo, y recelosos nos agrupábamos cerca del maestro buscando su protección en medio de aquella penumbra. Más tarde en la placeta y excitados todavía, contábamos a nuestros amigos no sólo las cosas que habíamos visto, también las que habíamos imaginado o habíamos creído ver.
Con el tiempo nos hicimos hombres y olvidamos las leyendas y la fantasía para empaparnos de erudición. Leímos libros de historia escritos por investigadores y nos enteramos de la realidad. El descubrimiento de unas cenizas y unos libros de plomo en el valle de Valparaíso en el siglo XVI contando la vida de san Cecilio causaron tanta sensación en la ciudad de Granada que el arzobispo Vaca de Castro ordenó la construcción de la Abadía. Pero había un problema: el Vaticano no estaba dispuesto a reconocer aquellos libros porque estaban escritos en árabe. Así que la extravagante solución para aquel milagroso y esotérico asunto fue reconocer las cenizas como verdaderas y los libros como falsos, aunque cenizas y libros habían sido un invento de los moriscos granadinos para evitar su expulsión. No fue casual por tanto que los gitanos -aún está por investigar a fondo su relación con los moriscos- se establecieran en las cuevas de la solana de aquellos montes, buscando el amparo de un sincretismo cristiano-musulmán que al final no llegó a cuajar. El realismo mágico había contaminado como tantas y tantas veces la historia de Granada con mentiras y medias verdades, que convirtieron en patrón de la ciudad a un santo que se habían inventado los cristianos y magnificaron los musulmanes.